sábado, octubre 10, 2009

"SI LA COSA FUNCIONA", LA NUEVA COMEDIA DE WOODY ALLEN


La última realización de Woody Allen, únicamente detrás de la cámara, me ha defraudado. He visto al maestro estadounidense un tanto trasnochado. Es cómo si volviera a sus orígenes de cómico de sala de fiestas, incidiendo en los gags verbales que le hicieron famoso pero que casi acaban con su hoy popular figura.

REGRESO A NUEVA YORK.– Con todo, lo más importante de este filme es su regreso a la Gran Manzana, a ese entrañable Manhattan y al mundo intelectual judío que tan bien ha sabido retratar. De ahí que antaño lo calificara de historiador de la Nueva York del último tercio de siglo. Y así lo aprobara el departamento de Historia Contemporánea donde soy profesor de cine y después ratificara la propia Facultad de la Universidad de Barcelona, proponiéndolo como Doctor honoris causa, nombramiento que finalmente rechazó el Consejo Social –por considerarlo un mero comediante– y recogiera cuatro años más tarde la Universitat Pompeu Fabra con motivo del rodaje en España de su criticada película Vicky Cristina Barcelona (2008).
No voy a comparar una y otra obra, sino manifestar que Si la cosa funciona (2009) es un viejo guión que Woody Allen ha sacado del cajón de sus recuerdos, desempolvándolo hasta adaptarlo a la coyuntura actual (cita incluso a un presidente negro en Estados Unidos).
He visto, por tanto, en esta película al Allen de ayer, que quiere estar al día y frivoliza con el ambiente de relativismo moral que respiramos en la sociedad occidental. Me explicaré brevemente.

CONSTANTES.– Este siempre discutido maestro del Séptimo Arte arremete, como hiciera en sus primeros tiempos, con lo divino y lo humano. Familia, religión, relaciones de pareja –matrimonio, ménage à trois, homosexualidad–, política, intelectuales... En su farsa, no deja títere con cabeza; todo pasa desordenadamente por la criba crítica y amarga de Woody Allen, a través de chistes personales que oscilan entre la genialidad y el tópico, la exageración y el mal gusto. Además, el protagonista –sin duda, su alter ego– habla a la cámara, al espectador, con un tono intelectual muy próximo al cinismo.
Sin embargo, junto a esa ligera voluntad de expresión, en Si la cosa funciona aparecen las constantes de sus filmes más serios: amor-sexo, soledad, muerte-Más allá y existencia de Dios. Temáticas preocupantes en este cineasta, como ya comenté en otro lugar. (Cfr. mi libro Woody Allen, barcelonés accidental. Solo detrás de la cámara. Madrid: Encuentro, 2007).
Si en su celebrada “trilogía” londinense (la comentada Match Point, Scoop, Cassandra’s Dream), el cineasta neoyorquino profundizaba en esos temas existenciales; ahora se queda en el puro apunte cáustico, en el gag más verbal que visual, sin traspasar aquella triste frivolidad que antaño le caracterizaba como autor.

EL AZAR, OTRA VEZ.– No obstante, en su última película, vuelve a insistir en una nueva constante aparecida en su más reciente filmografía: el azar, la casualidad. No hay nada escrito, no hay libertad, todo es producto de la suerte. Y burla burlando, Allen se dirige al público, acaso escondido en su alter ego (espléndida la interpretación del cómico Larry David, tan mayor como el propio autor), para que se desengañe de los valores que nos han transmitido hasta hoy. Y si para ello hay que concebir personajes limitados –ingenuos o “cortos” como la joven protagonista (muy inspirada Evan Rachel Wood) e hipócritas y “liberados” como los padres de ésta (bien encarnados por los veteranos Patricia Clarkson y Ed Begley, Jr.), para más inri católicos de la América profunda, mejor que mejor. Ahí está, pues, el sabio misántropo –Boris/Allen– para decirnos que él es un genio, que sabe ver la realidad.
Pero como ya escribió uno de sus muchos biógráfos, Sam B. Girgus, “ahora Woody Allen se ha sumergido en las aguas de un relativismo ético posmoderno y un realismo sensual que difiere considerablemente de la sensibilidad moral de sus primeros filmes”. (Vid. El cine de Woody Allen. Madrid: Akal, 2005, pág. 24).
Finalmente, toca con demasiada ligereza uno de los problemas filosóficos más serios –en palabras del existencialista Albert Camus– de la sociedad contemporánea: el suicidio.
Por tanto, espero que mi admirado Allen siga profundizando en su búsqueda de la verdad y nos ofrezca alguna respuesta más original al de “todo vale… si la cosa funciona” y no el suicidio como única salida a las disfunciones de los sentimientos.

¿AUTOBIOGRAFÍA?– No me acabo de creer que Whatever Works (título en inglés) sea una autobiografía del actual pensamiento de este genial artista, porque considero a Woody Allen una persona inteligente. Si fuera así, habría retrocedido como autor o está “chocheando” a los 73 años.
Ante tal acusación, se manifestaría en estos términos: “Yo escribí el guión, así que obviamente es la forma en que veo la vida. Pero Boris es un personaje creado por mí. No expresa mis ideas totalmente. En realidad, es una exageración extrema de mis sentimientos”.
Por su parte, el mismo Larry David –que asimismo actúa como cómico en salas de fiestas y en programas televisivos– afirma sobre su personaje: “Para él, la mayoría de la gente es imbécil. Para mí también, excepto, claro, cualquiera que me aprecie. Él disfruta de algunas cosas. Disfruta insultando a la gente. Le encanta la música clásica, las películas antiguas... Pero lo que más le produce placer en la vida es poder expresarse: a él le encanta alardear y demostrar lo brillante que es”.
Una figura, el “sabio” Boris (candidato frustrado al Premio Nobel de Física), que Allen definiría así: “Quería crear un personaje con un carácter tan neurótico y desagradable que resultara divertido”.
Quiero confiar en que una mente tan lúcida como la de Woody Allen encontrará, a medida que ve acercarse la inevitable muerte, respuestas que iluminen su vida y den sentido a su insaciable búsqueda de valores permanentes, ya que esto era –es– lo que sustenta su obra.