jueves, noviembre 30, 2017

"LA DELGADA LÍNEA ROJA" CIERRA LA XIV MOSTRA DE CINEMA ESPIRITUAL DE CATALUNYA


Esta tarde, en la Filmoteca de Catalunya, concluye la nueva Mostra de Cinema Espiritual, dedicada este año al diálogo y la diversidad, organizada por el Departament d'Afers Religiosos de la Generalitat y dirigida por el profesor Peio Sánchez, responsable de Cine del Arzobispado de Barcelona. Adjunto el texto de la presentación de la última película del ciclo dedicado a Terrence Malick, que ha corrido a mi cargo. 

The Thin Red Line es un excelente film an­tibélico y pacifista, que se enfrenta ética y artísticamente a Salvar al sol­dado Ryan. Acaso menos magistral que la obra de Spielberg, pero tan cuidada a nivel estético como ésta, La delgada línea roja posee varios puntos en común con aque­lla. Primero, que la acción está centrada en la Segunda Guerra Mundial y posee una clara intenciona­lidad antibelicista. En segundo lugar, que el enemigo –allí, los alema­nes; aquí, los japoneses– es tan salvaje y padece tanto como los propios soldados estadouniden­ses. Y por último, que obliga a la reflexión crítica del espectador, también impac­tado por las bellas y crudas imágenes de Malick.
A Terrence Malick (Illinois, 1942) se le había perdido de vista desde hacía dos décadas. Su anterior película, Días del cielo (1978), era una delicada obra de arte que valió el Oscar de fotografía al desaparecido operador catalán Néstor Almendros. Tras veinte años de silencio, este casi olvidado realizador ha demostrado que sigue sabiendo hacer cine de veras. Si ayer im­pulsó con aquel film a unos jovencísimos Richard Gere y Brooke Adams, ahora lanza a cuatro jóvenes actores casi desconocidos –Jim Caviezel, Adrien Brody, Elias Koteas y Dash Mihok– y da un nuevo impulso a otros cuatro: John Cusack, Woody Harrelson, Ben Chaplin y George Clooney, junto a los más veteranos Nick Nolte, Sean Penn y John Travolta.
            Estamos, pues, ante otra ambiciosa cinta hollywoodiense, producida por una de las grandes majors, la nueva Fox –con un presupuesto de 52 millones de dólares–, que ha sido rodada en los exóticos escenarios naturales de las islas Salomon y en el bosque ecuatorial de Queensland (Australia), prácticamente en el mismo marco donde se batieron las tropas estadounidenses en Guadalcanal, desde el 7 de agosto de 1942 al 7 de febrero de 1943.
            El relato, por tanto, se desarrolla durante esa histórica batalla y está basado en una novela homónima de James Jones (autor del clásico De aquí a la eter­nidad), que ya había sido llevada al cine por el especialista Andrew Marton (El ataque duró siete días, 1964), con Keir Dullea y Jack Warden como protagonis­tas. Si en aquel film de “hazañas bélicas” la narra­ción incidía en la relación entre un sargento y un soldado, en éste se va mucho más allá: Malick ofrece una seria reflexión –cuasi filosófica– sobre la condi­ción humana, a través de las dramáticas desventuras que padece la I División de Infantería Marina que combatió allí. Con todo, el mismo año de la contienda, esa epopeya ya había sido trasladada a la pan­talla por Lewis Seller (Guadalcanal, 1943), también producida por la antigua Fox y ba­sado en el libro de Richard Tregaskis, con Preston Foster, William Bendix y Anthony Quinn como principales intérpretes.
            Ciertamente, por medio de las duras batallas que tiene que sufrir ese grupo de soldados, el realizador –con las voces en off de algunos personajes y flashbacks aislados– brinda un discurso antiheroico que pone en tela de juicio la acción bélica del Ejército norteamericano. La fealdad de las matanzas –junto a las inúti­les o absurdas muertes– llega a descubrir la miseria del espíritu humano. Y el pá­nico de ambos bandos –el horror de la guerra y el miedo atroz también se apre­cian en el rostro de los japoneses vencidos– le sirve a Terrence Malick para retra­tar lo bueno y lo malo del hombre sin escatimar ningún ápice de verismo en las imágenes. Unas imáge­nes perfectamente concebidas –resalta el trabajo del opera­dor John Toll (Oscar por Braveheart)–, que transportan al público desde idílico paraíso de esos nativos puros –polinesios– hasta el infierno creado por los huma­nos cultivados –oc­cidentales y orientales–. Un mundo dan­tesco, de sangre y fuego, donde el público con­templa consternado y hasta asque­ado la terrible irra­cio­nali­dad de la guerra.
            En La delgada línea roja no hay ninguna concesión al sentimenta­lismo ni a la propaganda política. Aquí –al con­trario que ocurría con la comentada cinta de Spielberg– no hay lucha de la democra­cia contra el fascismo, ni héroes USA que se sacrifican por la Europa amenazada por los nazis; sino gente que muere sin sa­ber bien por qué, en una gran confla­gración que han creado las gran­des potencias desde arriba y que –como en todos los conflic­tos bélicos– pagan siempre los de abajo. Es importante, en este sentido, el perso­naje del coronel de West Point (que recuerda a los jefes militares del ma­gistral Senderos de gloria, de Kubrick), en su afán de poder y de afirmarse a sí mismo. El título resulta un tanto am­biguo: puede referirse a la delgada línea que separa la cordura de la locura (viejo refrán del Medio Oeste), a una táctica militar británica –que no emplearon  los marines en Guadalcanal–, o acaso a la línea con­tinua del paro del co­razón en un electrocardiograma.  
            Realizada con un estilo bastante coral y enorme brillantez formal, Malick cae no obstante en el esteticismo; pues el preciosismo de las imágenes resta cla­ridad al mensaje que pretende –la antítesis de Salvar al Soldado Ryan–, dándole un tono de ambigüedad y pre­tenciosidad in­telectual que le perjudica sobremanera. Así, su discurso un tanto espiritual y pan­teísta, desesperanzado y confuso (se evi­dencia la teoría del “buen salvaje” de Rousseau), resulta mucho más próximo a Apocalypse Now, Platoon y La cha­queta metálica que a las tra­di­cionales películas del género bélico.  
            Espectáculo y realismo, muerte y desolación, se unen en The Thin Red Line. Sin duda, Terrence Malick –que cuenta con una espléndida parti­tura musical de Hans Zimmer– ha estado inspirado como creador. Pero no acaba de convencer del todo con este film “políticamente correcto”.
            Asimismo, el historiador y músico Francesc Sánchez Barba, en su libro La II Guerra Mundial y el cine (1979-2004), destaca su “fantástica banda sonora cuya propuesta ejerce un auténtico papel de contrapunto y transición entre diversas escenas, entre la pesadilla y el retorno a un paraíso entrevisto”.
        Pero, al final, La delgada línea roja no se llevó ningún Oscar, pese a las siete nominaciones obtenidas de la Academia de Hollywood; mientras Salvar al sol­dado Ryan ganó cinco estatuillas.

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